Belém do Pará (7 dias)

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La última y más complicada Carona fue a tan sólo 1h. de la ciudad de Belém, donde nos levantó un tipo súper buena onda, que además de pagarnos el almuerzo(que raro!) nos dejo en el bunker perfecto: El campus de La Universidad Nacional. Recién llegadas, nos dirigimos al guardia de seguridad para consultarle si permitían que armáramos la carpa ahí. En lugar de eso, los encargados nos terminaron consiguiendo un aula en desuso con aire acondicionado, bebedero y duchas a unos pocos pasos. Además de Internet gratis en la Biblioteca Central. Todo lo necesario para una estadía corta a la espera de la famosa Barca hacia Manaus (el viaje prometido) para la cual conseguimos negociar un ticket un poco mas económico pero debiendo esperar mas días de lo pensado.
Visto y considerando, aprovechamos la ocasión para vender artesanías a las clientas (chicas universitarias) que además nos rodeaban y solamente teníamos que caminar unos minutos por los laberínticos corredores del campus para llegar al comedor estudiantil (al cual también nos metimos a comer por 1 real).
Ya que estamo! nos sumamos a las fiestas que organizaban los mismos estudiantes en un sector del complejo, en las cuales, solo se escuchaba el típico y mas popular “forró regional” o como opción el “tecno brega”. No podía falta la cachaça, que a tan solo 70 céntimos de Real, hizo que todos terminaran como ya se imaginan.
Todo parecía un paraíso, pero a tan solo unos pasos fuera del campus, cuando nos disponíamos a hacer algunas compras, pudimos ver Belém un poco distinta. Un arroyo de aguas verdes, putrefactas y burbujeantes del fermento atravesaba a lo largo el barrio donde los pequeños jugaban felices con sus barriletes. Al caminar teníamos que mirar donde poner el siguiente pie, ya que no se sabia si pisaríamos asfalto, una cabeza de pez muerto o una banana podrida. Entre todo ese panorama, le seguían las barracas de venta de alimentos, realmente impresionadas de las condiciones de higiene en las que viven con tanta naturalidad. Creo que fue el sitio mas pestilente que hemos visitado (sin mencionar el recuerdo a Bolivia y el orin de chola jaja).
Pasamos varios días soportando el agobiante calor amazónico a base del picolé ( especie de heladitos caseros hechos con leche condensada y en varios sabores y del cual pasaríamos a ser adictas) que refrescaba por un rato nuestros cerebros, además de las 2 o 3 duchas diarias de agua fría…
Sin darnos cuenta el mes de Julio había avanzado y el día 20 era día festivo en todo el nordeste brasilero: día de SAO JOAO. Caminando por el centro de la ciudad, en busca de hilo encerado, nos topamos con una gran multitud de gente que inundaba las calles y plazas de la ciudad. Luciendo disfraces, llevando carteles, cantando, gritando y por supuesto con la latita de birra en mano.
Parchamos la tarde entera en la plaza. Ya para las 5 de la tarde apestaba de jóvenes borrachos en demasía regados por el lugar.
Esa noche fuimos a un recital de reggae, en el cual nos sorprendimos por la peculiar manera que tienen los brasileros de bailarlo tan pegados como en el forró (cualquier excusa es buena para apretar).
Por la noche, en la plaza seguían los festejos tradicionales, lo que hizo que casi nos quedemos en la calle: volvimos tan tarde que las rejas del complejo estaban cerradas y tuvimos que explicar al guardia que éramos “inquilinas invitadas”.
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